Los muertos no necesitan aspirina pero después de aquella tarde, mi dolor de cabeza sí que lo necesitaba…
Eran las cuatro de la tarde cuando salía por la puerta de mi oficina, bueno, vale… de mi local de 20m2 sin luz natural, con un olor a almacén de conservas y con el suelo nublado por un sinfín de cajas que contenían cada una de ellas 125 envases de cepillos de dientes “SalvaSol”, excelentes cepillos eléctricos con un cargador de energía solar. Sí, era un poco ridículo, utilizar la energía solar para un producto que tenía una alternativa perfectamente ecológica: El cepillo común, pero fué lo único que tuvo éxito cuando abrí mi tienda de “Inventos para la felicidad”. Triste ¿no? Alguien abre una tienda que promete felicidad y obtiene éxito con un cepillo de dientes. No es que yo odiara cepillarme los dientes, pero tampoco era un momento de excesivo clímax.
Bueno, a lo que vamos, que salía de mis oficinas centrales y me dirigí al banco a pagar una serie de facturas y ver si había otros ingresos de clientes para compensarlas. Desde que invirtiera mis pocos ahorros en unas acciones de “Constructoras Seprusa”, con muchas vista, justo antes de que explotará, o se desinflara, o menguara (no se ponen de acuerdo los analistas en encontrar el perfecto eufemismo); de que se fuera a tomar por culo el negocio de las casas, esto sí que es un análisis profesional, mi cuenta lo único que hacia era fluctuar como el que se columpia en un balancín que cada vez que te toca bajar te duelen los cuartos traseros, entiéndase la analogía.
Entré al banco donde, por supuesto, los empleados eran almas cándidas y felices que lo único que querían era que tu ganaras más dinero… Vamos, me dieron las buenas tardes cuando me puse a saludar con la mano a una especie de pista de aterrizaje con pelos a los lados que correspondía a la calva del más hosco de los empleados que había allí.
- Venía a pagar estas facturas.
- …
- Venía a pagar estas facturas – Te aseguro que yo tengo menos interés que tú, pensé.
El hombre sin voz alargo la mano que parecía pesarle doscientos kilos por la parsimonia con que se iba acercando, como en esas películas en que el asesino va a estrangular a su víctima y parece que un campo magnético del cuello le hace retrasar su tarea.
Le entregué con la misma delicadeza las facturas y esperé. Justo en ese momento un hombre con pinta de abogado se levantó de uno de los sillones de espera y gritó en voz alta:
- ¡Esto es un atraco! ¡Manténganse tranquilos y no pasará nada!
- ¡Que no se mueva ni Dios que estoy muy nervioso eh! – Dijo un hombre con pinta de ministro que sacó de su chaqueta una pistola. ¿Cómo había pasado con ella? ¿Sería de juguete? Desde luego lo parecía pero yo no me aventuré a comprobarlo.
Todo el mundo se mantuvo tensó pero curiosamente no se produjo la típica escena de pánico de los largos hollywoodienses, sino que la gente quedó petrificada ante la escena, entre miedosa y enojada.
- Tranquilo tío, es mejor no alterarles, – le dijo el abogado al ministro – tu acércate a la caja y diles que vayan sacando todo, que yo voy a controlar por aquí.
- Vale, pero me cago en Dios, que no me controlo como alguien me toque los huevos ¿eh?
- Venga, venga, hay prisa.
En ese momento una señora de unos 40 años, con pinta de ama de casa, con rulos y amasadora de hierro en mano, con un grito nervioso, expuso:
- ¡Tengo que recoger a mi hijo de la guardería!
Se hizo el silencio, nos miramos todos unos a otros, perplejos y esperando la reacción de los atracadores, que curiosamente no se produjo.
- Estos no tienen familia, no lo entienden. – Dijo un hombre con pinta de oficinista frustrado con su vida a la ama de casa.
- Me cago en mi madre, ¡Que me pongo aquí a pegar tiros y aquí no sale ni Diós como no sea en ataúd! – Dijo el ministro.
- A tí que más te da… tu seguro que no tienes ni familia. – Dijo un chaval de unos 26 años con pinta de estudiante perpetuo.
Cuando el ministro se acercó a la ventanilla haciendo oídos sordos de lo que estaba escuchando y deseando escapar. En ese momento, el ama de casa hizo un gesto que el estudiante perpetuo no entendió hasta que vio como la mujer le asestaba un golpe en la cabeza con el paraguas al ministro. Entonces cogió la pistola que había caído en el suelo y quedó apuntando al abogado, que en esos momentos apuntó al ama de casa, que sostenía el paraguas como si fuera un arma mucho más mortífera que el revolver del abogado.
- ¡Me cago en la puta! ¡ Puta vieja de los cojones!
- ¡Quietos todos! ¡Tú, suelta el arma! – dijo el abogado dirigiéndose al estudiante perpetuo
- ¿Pero tu qué te crees? ¿Que yo no tengo problemas? Tengo 28 años y vivo en casa de mis padres, que no me pasan un puto duro y me muelo la espalda en una moto del Telepizza, aguantando una propina de 20 céntimos con el mensaje añadido de: “toma, pa que te compres una coca-cola”. ¿Una coca-cola? ¡Desgraciado! ¿Dónde compras tu la coca-cola? ¿En kuala lumpur?
De un salto un hombre con pinta de boxeador retirado se abalanzó sobre el abogado tirándole al suelo. En ese momento el ama de casa dijo:
- ¡Atadles, para que no se puedan mover!
- Voy a llamar a la policía. – Dijo una de las empleadas.
- ¡Cuelga el puto teléfono! – Dijo el estudiante perpetuo apuntándola con el arma. Yo ya no sabía que pasaba, si realmente era un cómplice de los atracadores, o si bien había decidido que tal como estaba la situación, porque no intentar solventar su crisis económica personal.
Dejé de barajar opciones cuando el ama de casa, mirando al estudiante perpetuo con complicidad, se abalanzó sobre el mostrador con su bolso de 1 metro cuadrado gritando:
- ¡Entréganos el botín! – Pensé que seguramente esa mujer había tenido que aguantar muchas películas de John Ford sentada al lado de su marido los domingos por la tarde.
La situación se volvía más surrealista por momentos, el boxeador amenazaba a las cajeras con que si no sacaban el dinero iba a degollar al hombre que hace un poco las estaba atracando, lo que, mucha lógica no tenía, pero tuvo el efecto automático de las amenazas.
En el banco había unas 20 personas, pero yo únicamente había visto a las que formaban parte del “circo”, hasta que una chica con pinta de zombie de película en blanco y negro puso de nuevo a prueba a los cristales de seguridad emitiendo un sonoro grito de “¡Joder! ¡He roto aguas!”. Los momentos siguientes no los recuerdo con facilidad, por el dolor de cabeza o por mi propio chip “Realismo-2000-beta”.
El ama de casa, el boxeador retirado y el estudiante perpetuo estaban contando el dinero, mientras yo le decía a la embarazada que respirara hondo, que ahora le traía unas mantas calientes. Sí, no sabía lo que decía, pero es que la ausencia de mi título de doctor y el atraco por parte de unos atracados, eran cierta influencia en mi desorientación.
En ese momento apareció la policía por la puerta, eran tres policías que ante el espectáculo no sabían si desatar a los atracadores, detener a los clientes o buscar unas mantas calientes.
- ¡Quieto todo el mundo!
Todo el mundo se quedó quieto efectivamente. El estudiante perpetuo soltó la pistola, el boxeador soltó el bolso de la ama de casa con el dinero, y el ama de casa explicó: “Mis ahorrillos de la paga”, enseñando el bolso como quién lo enseña a la entrada de la puerta de embarque de un aeropuerto.
Poco después la embarazada salía en una camilla hacia una ambulancia, el director del banco trataba de explicar lo ocurrido a uno de los policías, el otro policía interrogaba a los 2 atracadores profesionales y a los 3 de oficio, mientras yo me escabullía por la puerta queriendo salir de aquel mundo imaginario y al salir de allí pensé: “Bueno, si me reclaman las facturas, ya tengo una excusa.”
Llegué a mi casa y aquí me encuentro con dolor de cabeza frente al espejo del baño, con un cepillo de dientes solar descargado porque llevaba una semana el cielo jugando al escondite y pensando en lo cierto que tenía aquello de “La realidad en ocasiones supera a la ficción”.