El Cuentacuentos (13-12-2011) – “Tenía la sensación…”

Tenía la sensación de haber escuchado tantas veces esa canción, que cuando la escuché aquella mañana en la radio, mientras me estaba afeitando en el baño, entré a la habitación para subir el volumen y poder escuchar si decían el nombre del autor o de la propia canción. En un principio, pensé que la había escuchado en el viaje de fin de carrera, cuando los de último curso fuimos a Venecia a emborracharnos e intentar volver con una italiana sobre la que hablar. O quizá, pensé,  la había escuchado en el Sentos, el bar al que acudíamos desde hace unos años viernes y sábados a vaciar las botellas de JB y demostrar quién era capaz de hacer más carámbolas al billar.

Pero luego me di cuenta que no, aquella canción me recordaba a marihuana y whisky, a ropa recien lavada con aroma de limón, a una cintura marcando las costuras de un camisón de seda azul, a una lámpara a media luz enfocando a la pared, a un zumo de naranja recién exprimido sobre una franja de sol, a un grito, a un portazo, a un sé feliz.

Volví al baño a afeitarme y, al juntar los labios para afeitarme la parte del bigote, pude ver como una arruga aparecía. Seguramente llevaría ahí ya tiempo, pero por primera vez era consciente de que estaba ahí y de que no iba a moverse de ahí hasta que yo despareciera con ella. Ya le decía yo que las cremas esas que me hacía comprar no iban a servir para nada, que lo único que harían sería retrasar un poco la realidad, pero que la simple contemplación de su efecto, acabaría por provocar que me salieran incluso antes.

La canción llegó al estribillo. ¡Ya está¡ pensé, esa canción sonó cuando la invité a aquel restaurante de Menorca, al borde del mar, al que ella dijo que los novios llevaban a sus novias para declararse. Yo le dije que no era de declararme así, que yo era de sitios más originales, así que me guardé el anillo bien y cuando por la noche andábamos rodeando una fuente donde unos cuantos borrachos cantaban algo que no se entendía, me subí a la fuente y se lo pedí, con unas palabras improvisadas, y los borrachos intentaban aplaudir cuando al fin nos fundimos en un abrazo y te tire a la fuente conmigo.

No tenía entonces ni arrugas, ni los ojos cansados del humo acumulado en mi habitación por las noches. Últimamente me quedaba escribiendo todas las noches sobre historias de drogadictos, alcohólicos, prostitutas, siempre con algo de blues de fondo, para darle más dramatismo al tema. Así que por las mañanas me levantaba con los ojos rojos, como los veía en el espejo en ese moment y con una tos crónica que me recordaba a los documentales en que un viejo alterna boquilla de cigarrillo y boquilla de oxígeno mientras se le va la vida. Pero yo no, yo tenía toda la vida por delante, sin ataduras, totalmente libre.

Cuando acabó la canción, el locutor dijo el nombre del grupo y el nombre de la canción. Era el día en que se escuchaba por primera vez en la radio. No la había oído en mi vida.

 

El Cuentacuentos (6 de diciembre de 2011) – “No sabía que en la guerra…”

No sabía que en la guerra hay monstruos más terribles que el hombre, no los que aparecen en las películas americanas o en los comics de Marbel, sino los que surgen de repente de las entrañas de quién ve un hombre atravesado por un bala en el ojo.

Era el mes de enero y el suelo de las tiendas de campaña estaba encharcado por las últimas lluvias,  lo que nos hacía pasar las noches abrazados a nuestros pertrechos, sobre unas literas en las que al moverte un poco se descolgaban los brazos por los lados.

En pocos días llegaría una columna procedente del este, y nos daría apoyo logístico y de efectivos, algo que era necesario para tratar de enfrentarnos a los viejos, mucho mejor preparados y con un fuego de artillería mucho más potente que nuestros cañones que a duras penas lograban golpear más allá de 20 kilómetros.

Desde hacía semanas llegaban noticias de que los viejos se estaban acercando y las guardias se habían mantenido desde entonces. Los primeros días costaba hacer el sueño pensando que en cualquier momento podía oirse un “¡Están aquí!” y tener que salir pitando, cetme en mano, y con los pantalones a medio abrochar. Pero después de tantos días, uno se acostumbraba a dormir sin pensar en que los viejos podían aparecer en cualquier momento.

Llegó el momento el día 14 de enero, luna nueva, a las 5 de la mañana. Nos despertó el Sargento gritando “¡Los viejos están aquí!” y la tienda se convirtió en un circo de empujones, gritos, insultos, hasta que llegamos todos a las trincheras, que nos congelaron la voz. Sólo se oía el ruido de la carga de los fusiles y el de las pisadas de aquellos que se movían por los nervios. Ramirez aguantaba una imagen de la Virgen de Nuestra Señora de los Dolores, lo que sin duda era una buena elección para lo que se nos venía encima, el flaco apretaba su fusil contra la frente y parecía que hablaba con él, Andrés miraba al suelo como dormido y yo, botiquín en mano, trataba de pensar en Carmen y los niños.

A las 5:51 de la mañana, el teniente alzo la mano indicando con el gesto que se estaban acercando. Cuando bajara la mano, el silencio saldría despedido por los gritos de rabia y el sonido de los percutores. Ramirez ahora rezaba entre dientes, el flaco acariciaba la culata, Andrés miraba a algún punto de la nada y yo sentía que el corazón me latía en la lengua y en los párpados. El teniente bajo la mano y la artillería empezó a hacer su trabajo. A los 2 minutos ya remontaban la trinchera los primeros soldados mientras otros cubrían desde el hoyo. El primer golpe de mortero trajo los primeros zombies (así llamábamos en la unidad a los heridos de alta gravedad) y a partir de ese momento, para nosotros, la unidad de salud, no existían bombas, disparos o enemigos; sólo existía la necesidad de salvar a cuántos hombres pudiéramos.

La columna que venía en nuestra ayuda llego sobre las 14 horas, cuando el fuego estaba más calmado y los viejos, cuando se dieron cuenta, cerraron filas y desviaron la mira hacia los que llegaban. Muchos murieron allí y la columna que iba a ser nuestra salvación acabó saturando nuestras tiendas habilitadas para los primeros auxilios.

Sobre las 19 de la tarde, a pesar de mantener la guardia y lanzar de vez en cuando un aviso para que todos estuvieran alerta, el fuego se calmó y empezó el recuento de víctimas. Debíamos ir uno a uno, identificando hombres con brazos y piernas reventadas, caras ensangrentadas o pieles quemadas. En este tipo de misiones, uno no podía considerar aquello como una rutina, a pesar de que fueran ya más de ciento cincuenta días de guerra.

Casi al final de la estancia, en una de las últimas camillas había un alto mando, un comandante o un capitán, no lo sé bien, pero había varias condecoraciones en la chaqueta que colgaba del cabecero. ¿Qué le pasa?, le pregunté al enfermero que rondaba por allí. Le han taladrado un ojo… me cuchicheó al oido, con un poco de sorna. Aquel hombre me era familiar, la frente ancha, el pelo ondulado y blanco como la lana, la gran altura – que se podía observar porque le colgaban los pies por el final de la cama – y las cejas juntas que le conferían un aspecto rudo y autoritario.

Al enfermero que rondaba por allí le pregunté: ¿Quién es este hombre?. Sin identificar, respondió. Busqué por alguna identificación en su chaqueta. En ella había un papel con unas instrucciones, una bolsa de tabaco picado, una petaca de whisky y el reloj de pulsera, algo que consideré ya inconfundible.

Me acerqué al armario de las medicinas, busqué detenidamente el frasco de cloruro potásico, cogí una jeringuilla, extraje 175 gramos del compuesto y me acerqué a la litera del hombre sin identificar. Le levanté la camisa, le inyecté el compuesto y vi como el brillo que durante años me había dado miedo, el brillo del que mi madre había huído, el brillo que uno de mis hermanos desafió hasta ser desheredado… vi como ese brillo iba desapareciendo.

El cuentacuentos (29 de noviembre de 2011) – “Deseaba que fueras tú…”

Deseaba que fueras tú. Lo deseaba con toda mi alma. Deseaba que saltaras en mis brazos, que me dijeras que te encanta nuestra nueva casa, que vamos a ser muy felices aquí. Deseaba, además, que los periódicos mañana no hablarán de tí.

Pero yo sabía que no eras tú, que era Alfonso, el gerente de producción de nuestra empresa. Doce años llevamos trabajando allí y hasta hace poco, apenas había oido hablar de él. Un buen tipo, dicen, de los que tienen pinta de no haber roto un plato en su vida. Le saludé y se quedó esperando a que le invitara a pasar. Le dije que, por favor, pasara y me lo agradeció y acompañó su entrada de una sonrisa más cordial que sincera. Recojí su abrigo y lo colge de una percha en el armario del pasillo, al lado del tuyo.

Le invité a que se sentara. El dudó entre el sofá de tres plazas y el sillón y finalmente se sentó en el sillón, cruzo las piernas y entrelazó las manos, esperando que yo me sentara. Yo le invité a tomar algo, cerveza, vino,…; el dijo que un vino estaría bien. Me acerqué a la cocina y llené dos copas con el rosado que a tí más te gustaba. Me fijé en tu taza, aquella que te traje de La India con el dios Ganesha y la frase que nos reconcilió una vez: “No dejes que una tormenta destruya la cosecha de una vida”.

Me senté junto a Alfonso y le pregunté por el trabajo, que qué tal le iba, que si estaba contento con la gente con la que trabajaba. El respondía con frases cortas y previsibles. En un momento de silencio, apuro la copa de vino y me dijo, a la vez que dejaba la copa sobre la mesa, que no entendía muy bien por qué le había invitado, que casi no nos habíamos visto por la empresa. Yo le contesté que quizá teníamos más cosas en común de las que los dos pensábamos.

Alfonso parecía cada vez más nervioso y dijo que había quedado y en breve se tenía que ir. Yo le dije que no llevábamos ni veinte minutos hablando, que me parecía poco cordial que se fuera en ese momento. Le pregunté si te conocía. El dijo que sí. Le pregunté si creía que eras guapa. Él se aclaro la garganta y me dijo que no entendía a qué venía la pregunta. Yo le dije que eras una chica preciosa, que era muy feliz contigo, que eres de esas personas con las que se puede hablar horas y horas y parece que no pasa el tiempo. Alfonso dijo que se tenía que ir. Yo continué hablándole de tí, de tu alegría, de tu capacidad de trabajo, de tu sonrisa, de tu poder de seducción.

Él se levantó y de nuevo dijo, ahora con más firmeza, que se tenía que ir, que por favor le acercara su abrigo. Yo le dije que tampoco tenía que irse tan rápido, que estabamos pasando un rato agradable. Y él, ni caso, que quería su abrigo y se quería ir ya de ahí, que no entendía a cuento de qué le tenía que hablar de tí. Yo le dije, coge el abrigo tu mismo, está en aquel armario. Se acercó al armario y, al abrirlo, dio un paso para atrás, me atravesó con sus ojos desencajados y corrió hacia la puerta, que estaba cerrada con llave.

Después fui hacia el armario y lo cerré de un golpe. No quería que vieras lo que habías provocado.

 

Blog Literario La Senda

Me presento: Soy Javier Núñez y quiero dejar aquí algunas de las historias que pasan por mi cabeza y que quiero dejar guardadas en algún sitio, y qué mejor que la nube esa de la que hablan y donde más que sueños lo que hay son bits. Espero que sea un aporte interesante.

Este blog nace a partir de la colaboración en la web de El Cuentacuentos, una web donde las historias y los cuentos son la esencia.

Un saludo.

Cuentacuentos (15 de enero de 2008) “Se truncó la noche…”

Se truncó la noche en áspera y feliz, en oscura y con destellos (yo creo que por las farolas… o por las 6 copas de güisqui que acababa de engullir?). Miré a mi lado y vi a una mujer totalmente desconocida para mí que decía:

- ¿Vienes o qué?

- ¿Dónde? – Dije yo, pensando que podía ser desde una ex-novia a la que le había hecho alguna putada, hasta una agente del gobierno que quería descuartizar mi cuerpo y utilizar el alcohol que llevaba dentro para encender una barbacoa.

- ¡A recoger margaritas y hacer pequeños ramos para regalar a la puerta de la iglesia! ¡¿Tu que crees?!

Consideré que estaba siendo irónica, porque las únicas flores que había visto eran las de los jarrones que me había bebido y porque además las iglesias, a menos que hubieran adoptado una política de “after hour”, ya debían estar cerradas y con los fieles realizando los pecados de los que se arrepentirían a la mañana siguiente. Qué añoranza del tiempo en que los cilicios hacían su verdadera función de arrepentimiento… ¡Dios! Creo que he bebido demasiado, pensé.

Mientras mis pensamientos fluían con una excelente lentitud, la extraña mujer permanecía de pie, negando con la cabeza y creo que diciendo algo así como:

- Dios mío, que difícil es llevar algunas cosas a cuestas.

Yo me quedé blanco. Esa tía quería matarme para “llevarme a cuestas” hacia algún descampado y enterrarme después… o no, quizá pensaba enterrarme vivo y escuchar los gritos que salían de la tierra y que se iban ahogando poco a poco, ¡oh no! eso no lo iba a permitir, así que en un arrebato de lucided eché a correr calle abajo huyendo de la agente del gobierno y de sus planes malvados.

Corrí todo lo que pude, creo que pude oír como la mujer decía algo acerca de que no me fuera, que me iba a matar, que por qué era tan gilipollas. No me iba a quedar allí para responder a sus amenazas, menos sabiendo el riesgo de acabar tragando tierra. Llegué a unos arbustos donde me acurruqué y me quedé dormido en cuestión de segundos, no sin antes asegurarme de que nadie venía persiguiéndome.

Me desperté con un rayo de sol y miré la hora: 9:26. Había dormido 3 horas pero me levanté como si hubiera dormido 10 minutos. La cabeza me daba vueltas, los pies me daban vueltas, los árboles daban vueltas, las casas, todo daba vueltas a mi alrededor, como si estuviera Matilda, la niña de la película que mueve los objetos, jugando con el parque. Miré el móvil, no recordaba nada de la noche anterior, ni qué hacía allí, ni que había pasado, solo recuerdo que estaba con una compañera de trabajo, Silvia, a la que había conocido hacía una semana y había ocupado el lado izquierdo de mi mente las últimas siete noches.

En ese momento noté algo frío que ejercía presión sobre mi nuca y escuché unas palabras a mi espalda:

- Parece ser que te he encontrado… No te muevas o te pego un tiro, sube al coche.

Lo que escuchaba era la voz de Silvia y lo que sentía en mi nuca una pistola y lo que quería yo en ese momento eran otras 6 copas de güisqui para volver a la realidad.

Cuentacuentos (01 de enero de 2008) – “Los muertos no necesitan aspirina”

Los muertos no necesitan aspirina pero después de aquella tarde, mi dolor de cabeza sí que lo necesitaba…

Eran las cuatro de la tarde cuando salía por la puerta de mi oficina, bueno, vale… de mi local de 20m2 sin luz natural, con un olor a almacén de conservas y con el suelo nublado por un sinfín de cajas que contenían cada una de ellas 125 envases de cepillos de dientes “SalvaSol”, excelentes cepillos eléctricos con un cargador de energía solar. Sí, era un poco ridículo, utilizar la energía solar para un producto que tenía una alternativa perfectamente ecológica: El cepillo común, pero fué lo único que tuvo éxito cuando abrí mi tienda de “Inventos para la felicidad”. Triste ¿no? Alguien abre una tienda que promete felicidad y obtiene éxito con un cepillo de dientes. No es que yo odiara cepillarme los dientes, pero tampoco era un momento de excesivo clímax.

Bueno, a lo que vamos, que salía de mis oficinas centrales y me dirigí al banco a pagar una serie de facturas y ver si había otros ingresos de clientes para compensarlas. Desde que invirtiera mis pocos ahorros en unas acciones de “Constructoras Seprusa”, con muchas vista, justo antes de que explotará, o se desinflara, o menguara (no se ponen de acuerdo los analistas en encontrar el perfecto eufemismo); de que se fuera a tomar por culo el negocio de las casas, esto sí que es un análisis profesional, mi cuenta lo único que hacia era fluctuar como el que se columpia en un balancín que cada vez que te toca bajar te duelen los cuartos traseros, entiéndase la analogía.

Entré al banco donde, por supuesto, los empleados eran almas cándidas y felices que lo único que querían era que tu ganaras más dinero… Vamos, me dieron las buenas tardes cuando me puse a saludar con la mano a una especie de pista de aterrizaje con pelos a los lados que correspondía a la calva del más hosco de los empleados que había allí.

- Venía a pagar estas facturas.

- …

- Venía a pagar estas facturas – Te aseguro que yo tengo menos interés que tú, pensé.

El hombre sin voz alargo la mano que parecía pesarle doscientos kilos por la parsimonia con que se iba acercando, como en esas películas en que el asesino va a estrangular a su víctima y parece que un campo magnético del cuello le hace retrasar su tarea.

Le entregué con la misma delicadeza las facturas y esperé. Justo en ese momento un hombre con pinta de abogado se levantó de uno de los sillones de espera y gritó en voz alta:

- ¡Esto es un atraco! ¡Manténganse tranquilos y no pasará nada!

- ¡Que no se mueva ni Dios que estoy muy nervioso eh! – Dijo un hombre con pinta de ministro que sacó de su chaqueta una pistola. ¿Cómo había pasado con ella? ¿Sería de juguete? Desde luego lo parecía pero yo no me aventuré a comprobarlo.

Todo el mundo se mantuvo tensó pero curiosamente no se produjo la típica escena de pánico de los largos hollywoodienses, sino que la gente quedó petrificada ante la escena, entre miedosa y enojada.

- Tranquilo tío, es mejor no alterarles, – le dijo el abogado al ministro – tu acércate a la caja y diles que vayan sacando todo, que yo voy a controlar por aquí.

- Vale, pero me cago en Dios, que no me controlo como alguien me toque los huevos ¿eh?

- Venga, venga, hay prisa.

En ese momento una señora de unos 40 años, con pinta de ama de casa, con rulos y amasadora de hierro en mano, con un grito nervioso, expuso:

- ¡Tengo que recoger a mi hijo de la guardería!

Se hizo el silencio, nos miramos todos unos a otros, perplejos y esperando la reacción de los atracadores, que curiosamente no se produjo.

- Estos no tienen familia, no lo entienden. – Dijo un hombre con pinta de oficinista frustrado con su vida a la ama de casa.

- Me cago en mi madre, ¡Que me pongo aquí a pegar tiros y aquí no sale ni Diós como no sea en ataúd! – Dijo el ministro.

- A tí que más te da… tu seguro que no tienes ni familia. – Dijo un chaval de unos 26 años con pinta de estudiante perpetuo.

Cuando el ministro se acercó a la ventanilla haciendo oídos sordos de lo que estaba escuchando y deseando escapar. En ese momento, el ama de casa hizo un gesto que el estudiante perpetuo no entendió hasta que vio como la mujer le asestaba un golpe en la cabeza con el paraguas al ministro. Entonces cogió la pistola que había caído en el suelo y quedó apuntando al abogado, que en esos momentos apuntó al ama de casa, que sostenía el paraguas como si fuera un arma mucho más mortífera que el revolver del abogado.

- ¡Me cago en la puta! ¡ Puta vieja de los cojones!

- ¡Quietos todos! ¡Tú, suelta el arma! – dijo el abogado dirigiéndose al estudiante perpetuo

- ¿Pero tu qué te crees? ¿Que yo no tengo problemas? Tengo 28 años y vivo en casa de mis padres, que no me pasan un puto duro y me muelo la espalda en una moto del Telepizza, aguantando una propina de 20 céntimos con el mensaje añadido de: “toma, pa que te compres una coca-cola”. ¿Una coca-cola? ¡Desgraciado! ¿Dónde compras tu la coca-cola? ¿En kuala lumpur?

De un salto un hombre con pinta de boxeador retirado se abalanzó sobre el abogado tirándole al suelo. En ese momento el ama de casa dijo:

- ¡Atadles, para que no se puedan mover!

- Voy a llamar a la policía. – Dijo una de las empleadas.

- ¡Cuelga el puto teléfono! – Dijo el estudiante perpetuo apuntándola con el arma. Yo ya no sabía que pasaba, si realmente era un cómplice de los atracadores, o si bien había decidido que tal como estaba la situación, porque no intentar solventar su crisis económica personal.

Dejé de barajar opciones cuando el ama de casa, mirando al estudiante perpetuo con complicidad, se abalanzó sobre el mostrador con su bolso de 1 metro cuadrado gritando:

- ¡Entréganos el botín! – Pensé que seguramente esa mujer había tenido que aguantar muchas películas de John Ford sentada al lado de su marido los domingos por la tarde.

La situación se volvía más surrealista por momentos, el boxeador amenazaba a las cajeras con que si no sacaban el dinero iba a degollar al hombre que hace un poco las estaba atracando, lo que, mucha lógica no tenía, pero tuvo el efecto automático de las amenazas.

En el banco había unas 20 personas, pero yo únicamente había visto a las que formaban parte del “circo”, hasta que una chica con pinta de zombie de película en blanco y negro puso de nuevo a prueba a los cristales de seguridad emitiendo un sonoro grito de “¡Joder! ¡He roto aguas!”. Los momentos siguientes no los recuerdo con facilidad, por el dolor de cabeza o por mi propio chip “Realismo-2000-beta”.

El ama de casa, el boxeador retirado y el estudiante perpetuo estaban contando el dinero, mientras yo le decía a la embarazada que respirara hondo, que ahora le traía unas mantas calientes. Sí, no sabía lo que decía, pero es que la ausencia de mi título de doctor y el atraco por parte de unos atracados, eran cierta influencia en mi desorientación.

En ese momento apareció la policía por la puerta, eran tres policías que ante el espectáculo no sabían si desatar a los atracadores, detener a los clientes o buscar unas mantas calientes.

- ¡Quieto todo el mundo!

Todo el mundo se quedó quieto efectivamente. El estudiante perpetuo soltó la pistola, el boxeador soltó el bolso de la ama de casa con el dinero, y el ama de casa explicó: “Mis ahorrillos de la paga”, enseñando el bolso como quién lo enseña a la entrada de la puerta de embarque de un aeropuerto.

Poco después la embarazada salía en una camilla hacia una ambulancia, el director del banco trataba de explicar lo ocurrido a uno de los policías, el otro policía interrogaba a los 2 atracadores profesionales y a los 3 de oficio, mientras yo me escabullía por la puerta queriendo salir de aquel mundo imaginario y al salir de allí pensé: “Bueno, si me reclaman las facturas, ya tengo una excusa.”

Llegué a mi casa y aquí me encuentro con dolor de cabeza frente al espejo del baño, con un cepillo de dientes solar descargado porque llevaba una semana el cielo jugando al escondite y pensando en lo cierto que tenía aquello de “La realidad en ocasiones supera a la ficción”.

A veces te veo

A veces te veo caminando en la penumbra
entre rachas de viento sin cortijo
de algún lugar que aún te queda lejos
pero sopla cada día entre tus dunas.

Resuelves apagar la lluvia oscura
haciendo salir el sol de tu reservas
y no hay trovador que tome cuenta
y te deje alguna nota de amargura.

Y yo solo puedo ver de lejos
el séquito de perros que te ladran
en una habitación de luz cansada
chocando contra el vidrio de los metros.

A veces te veo caminando en la penunmbra
y mis manos se vuelven dos colgajos
de ruda maña para deshacer los nudos
que me crea tu voz cuando se curva.

y ya no quiero sostener la duda
de si sirven de algo estas palabras
quiero ser piel porosa de tu lluvia
y ser machete en tu selva y ser la luna.

Cuentacuentos (2 de enero de 2007) – “Matar formaba parte de la…”

Matar formaba parte de la naturaleza de Laura o bien había sido el destino del “azar” computacional el que lo había querido, ya que antes de nacer un 2 de marzo de 2050 la Administradora Genética Oficial – una computadora con procesador INTEL SUPRESION X6 de 460 ProtoHerzios – lo indicó. Indicó que aquella niña que estaba apunto de nacer había de ser “educada genéticamente” para pasar a formar parte en un futuro del Ministerio de Control Demográfico como parte del grupo K-221

Eran las 12 de la mañana y se encontraba en el módulo de entrenamiento neuro-psíquico, un módulo de techo abovedado de color azul resplandeciente. Allí recibían, a través de unos auriculares intracerebrales, dosis de tranquilidad, paciencia y sobre todo de obediencia mediante impulsos cerebrales para su preparación para el trabajo de ese día.

Sobre las dos de la tarde llegaron al módulo de selección. Detrás de un espejo observaban con total indiferencia a las personas que iban entrando. Una tras otra se situaban delante del Analizador Biométrico, que, mediante lectura bio-neuronal, clasificaban a esas personas según su capacidad de trabajo, su esperanza de vida, su pureza genética o su linaje corporativo.

Los “seleccionados” se encontraban absolutamente tranquilos ante el proceso, ya que previamente se les había preparado para ello mediante la Sustancia del Bienestar con el fin de evitar problemas. De los 50 seleccionados del día, solo 10 de ellos, después de una calificación del 0 al 10, iban a pasar al módulo de Ajuste Demográfico.

Allí fueron Laura y sus compañeros. El Módulo de Ajuste Deomgráfico se encontraba en la parte superior del edificio, con grandes ventanales que proyectaban imágenes de cielos claros y despejados que hacía tiempo se ocultaban detrás de la que llamaban Nube de la Industrialización que se encontraba encima de cada ciudad y, como no, también encima de Madrid 2.2. Los diez seleccionados fueron situándose frente a los ordenadores que iban a proceder a la selección, detrás de cada uno de los cuales se encontraban los funcionarios del Ministerio de Control Demográfico. A las tres de la tarde, como cada día, se producía la “selección” mediante una inyección letal mecanizada por un brazo robótico y controlada por los funcionarios.

Laura volvió a casa sin saber muy bien porque había ido a trabajar y como cada día, a pesar de saber que al día siguiente se levantaría con un leve dolor de cabeza y que le entraría un profundo vértigo al darse cuenta del trabajo que tenía, cogió del pequeño botiquín su Sustancia de la Tranquilidad para olvidar todo lo que había acaecido aquel día y poder ir, durante unas horas, al Espacio Féliz, donde la gente se reunía y charlaba y vivía durante unas horas en un pasado virtual.

Al día siguiente Laura despertó con un leve dolor de cabeza y se sonreía del sueño que acababa de tener. El sol entraba en abanicos de luz y el cielo, para su tranquilidad, se mostraba despejado y azul como siempre. Se desperezó mientras degustaba el café que tanto disfrutaba por las mañanas y se dispuso a leer el periódico. Una noticia en periódico la dejó perpleja:

“El Gobierno de España, a través del Ministro de Sanidad, informó ayer en rueda de prensa de que la explotación de recursos naturales y la sobrepoblación de las urbes está produciendo una situación insostenible y que, de seguir en ésta situación, en unos diez años, se deberán tomar medidas al respecto. Ante las preguntas de los periodistas sobre las medidas que se tomarían en tal caso, el Ministro se levantó de la mesa y abandonó la sala diciendo: ‘No hay más preguntas’. “

Cuentacuentos (26 de diciembre de 2006) – “A veces mi alegría…”

A veces mi Alegría se convierte en desgracia. En mi mundo existen dos reinos bien distinguidos. El reino de Alegría y el reino de Tristeza. Distan treinta kilómetros el uno del otro.

En el reino de Alegría siempre brilla un sol resplandeciente, las gentes hablan animosamente por la calle. Un calle repleta de trovadores con guitarras desgastadas acompañados por saltarines bufones con dulzainas. Los mercados están repletos de puestos de frutas y verduras regadas por un manto de flores que cae de las terrazas en forma de cascada, custodiando el ir y venir de los clientes del mercado.

Las gentes de Alegría viven sin preocupaciones, disfrutan de su trabajo, de sus amigos, de su familia, nunca esperan que vaya a pasar nada malo, de hecho, casi nunca pasa nada malo. Cuando hay algún pequeño problema que solucionar se hace la Fiesta de la Solución y todos se reunen para debatir como solucionar el problema. Al final de la sesión se produce un gran baile animado por el hombre-orquesta de Alegría, un músico que lleva encima suya cerca de 10 instrumentos que acaricia con gran destreza.

En el reino de Alegría la gente vive totalmente abstraida del reino que se encuentra a unos 30 kilómetros. El reino de Tristeza.

Allí, en el reino de Tristeza, todo es diferente, las nubes son ciudadanos de honor sobre las cabezas de los que lo pueblan y la lluvia engendra ríos que muchas veces inundan los rincones más escondidos de las casas, allí dónde la gente esconde sus más preciados valores.

Las gentes de Tristeza rara vez caminan por la calle sino que habitan todo el tiempo en sus casas frente a las hogueras, sirviendo de espejo iridiscente al chisporroteo, que, melancólicamente, les recuerda tiempos en que vivían en Alegría.

Un día, cuando el ajetreo del mercado comenzaba a desperezar las calles, por la puerta sur llegaba un carruaje llevado por unos corceles negros. Se detuvo en mitad de la plaza y allí se quedó. Al poco tiempo del carruaje emergió una figura de gran porte, sombrero de copa y ausencia de rostro que quedó inmovilizado frente a la gente que pasaba por delante de el despreocupada sin pararse a mirar siquiera el nombre que, pintado, aparecía en la carroza: La Desgracia.

Como cualquier día (y ese no era cualquier día) la gente compraba fruta y cantaba y reía por las calles. Los Trovadores seguían su deambular de todas las mañanas cantando viejas fábulas o poniendo al Rey en alguna situación ridícula.

De repente una mujer tropezó en una piedra y cayó sobre el Trovador que se encontraba apoyado en el poste de una tienda que se derrumbó para caer sobre las cabezas de los clientes que esperaban recoger su fruta, fruta que cayó rodando por la acera convirtiendo en un circo algo siniestro a aquella calle, con todo el mundo haciendo equilibrios para no tropezar con las naranjas que se precitiban adoquines abajo.

En ese justo momento comenzó a llover y un manto de nubes grises cubrió todo el cielo de un gris manto de nubes. La gente corría de un lado a otro sin saber donde ir, no tenían abrigos, ni chimeneas, ni chubasqueros, ni mantas, ¡Algunas casas no tenían ni un tejado que resguardara de la noche y la lluvia! ¡En Alegría no hacían falta esas cosas!

Y es que la Alegría, nunca estaba preparada para la desgracia.

La gente fue a sus casas a recoger sus enseres, sus instrumentos musicales, su ropa (que consistia principalmente, en camisetas de manga corta y pantalones de algodón) y salieron del pueblo espantados buscando otro lugar en el que cobijarse… Y sin darse cuenta, llegaron a tristeza.

Y es que la Alegría, cuando aparece la desgracia, se convierte en Tristeza.

Allí la gente les recibió, ya que Tristeza eran como eran, pero también eran muy hospitalarios y allí les alojaron en sus casas, le cedieron un espacio frente a sus chimeneas y lloraron con ellos, ya que ellos ya estaban acostumbrados, era prácticamente un ejercicio diario. Las gentes de Alegría decidieron por un tiempo irse allí a vivir, y se convirtieron en habitantes de Tristeza.

Pasó el tiempo y los habitantes de Tristeza (los que antes habitaban en Alegría) empezaron a acordarse de lo que allí hacían y alguno tímidamente empezó a tocar con su laud una vieja canción, a alguien se escuchaba silbar de otra casa y de otra casa se oían las sartenes golpear al ritmo. Se empezaron a escuchar palmas, sonidos de tenedores que caían al suelo acompasados con las persianas que se abrían y cerraban. Todo el mundo empezó a salir a la calle en Tristeza y ahora no les importaba la lluvia porque ya estaban acostumbrados a ella y se revolcaban sobre los charcos y gritaban y cantaban más fuerte que nunca.

Y así todos juntos se fueron sin pensar por un camino, que gradualmente iba perdiendo oscuridad y ganando luz, que iba perdiendo gris y ganando color, que iba perdiendo lluvia y ganando sol, en definitiva, que iba perdiendo Tristeza y ganando Alegría.

Y allí había un cantor cantando una canción llamada Moraleja:

Si en Alegría se presenta
la desgracia de repente
Alegría se estremece
y abandona su condado.

Y a Tristeza llegan todos
para llorar con ahinco
esta Degracia que vino
y les cortó la cabeza.

Menos mal que la Tristeza
recuerda buenos momentos
y y con gracia o con tormento
siempre vuelve a la Alegría.

Verdades o Mentiras sobre la poesía o no (III)

Cava un hoyo,
pone un tubo,
se seca el sudor.
Ve una rubia
de esas que solo salen
en Cibeles o en PlayBoy
y le grita:
“Contigo hasta el Papá se daría un revolcón”
¿no es poesía?

Tacha sus ojos
sale al mercado
pide medio chuletón.
Mira la tele
cuece arroz
llora en la telenovela
y reclama:
“Quien pudiera reencarnar a la gran Briggite Bardot”
¿no es poesía?

Se despega de su piel
engulle dos tostadas
se sube en el camión.
Para un rato
coge un lapiz
ahora se seca la voz
y escribe:
“Guárdame tus pasadizos, yo ya vuelvo con más de una razón.”

¿no es poesía?